Gabriel, M. (2021). Ética para tiempos oscuros: valores universales para el siglo XXI (G. García, Trad.). Pasado & Presente. (Obra original publicada en 2020). 411 pp.

El nuevo realismo y los viejos problemas, una reseña de ética para los tiempos oscuros

Por FEDERICO HANS HAGELSIEB[1]

 

 

El filósofo alemán Markus Gabriel, conocido sobre todo por su defensa del llamado "nuevo realismo" frente al naturalismo cientificista y al constructivismo posmoderno, publicó este ensayo en plena primera ola de la pandemia de covid-19. El libro traslada al terreno de la ética las tesis que Gabriel había desarrollado antes en el plano ontológico: así como sostuvo que el mundo no existe como totalidad pero sí existen infinitos "campos de sentido" con objetos reales, aquí defiende que los hechos morales existen con la misma objetividad que los hechos físicos o históricos, y que negarlo, como hace buena parte del relativismo académico contemporáneo, no es una postura progresista: es una forma de abdicación intelectual con consecuencias políticas concretas. La obra no es un tratado sistemático de metaética al uso; es más bien un ensayo de intervención pública, escrito con la pandemia todavía en curso, que combina argumentación filosófica con comentario de actualidad, y esa combinación es a la vez su mayor atractivo y su principal punto débil.

El libro se articula en cuatro capítulos, precedidos por una introducción y cerrados por un epílogo. En la introducción se encuentra el problema de fondo, que es la crisis sanitaria, la cual hizo visible una crisis de valores que se venía generando desde 2008, impulsada por el ascenso de gobiernos autoritarios, la perdida de la confianza en las instituciones, como lo son científicas y las redes sociales ejercen presión sobre el público. Frente a eso, el autor propone dar una vista atrás hacia el proyecto ilustrado a través del “nuevo realismo moral”, partiendo de la premisa de que existen hechos morales universales, independientes del reconocimiento que se tengan de estos y que la tarea principal de la filosofía en nuestros tiempos (en diálogo con las ciencias naturales y sociales) consiste precisamente en identificar tales hechos.

El primer capítulo hace mención sobre los conceptos básicos, cómo se distingue lo bueno, lo malo y lo neutro, según el nuevo realismo, y por qué estos dominios poseen una validez transcultural y universal. Es aquí donde se introduce una de las ideas más controvertidas del libro, la afirmación de que no existen valores específicamente judeocristianos en Occidente, sino simplemente valores morales cuya vigencia no depende de ninguna tradición religiosa o civilizatoria particular.

En el segundo capítulo se constituye la argumentación central del texto en el cual se distingue entre hechos morales y no morales, y se recupera la formulación de Thomas Scanlon sobre las obligaciones mutuas y sostiene, en contraposición al intuicionismo que admite dilemas éticos irresolubles, que los verdaderos dilemas morales son excepcionales, pues con suficiente información resulta posible determinar lo bueno, lo malo o lo neutro según sea el caso. En el caso del tercer capítulo el autor examina el racismo, la xenofobia y la misoginia desde una crítica a la política de identidad, proponiendo un cambio hacia una política de la diferencia y hacia una indiferencia moral respecto a estos casos. En el cuarto y último capítulo se aborda el progreso moral, se analiza la esclavitud como caso de retroceso corregido, se exploran los límites del economicismo y termina con una reflexión sobre el significado de ser humano en la era de la inteligencia artificial y de la crisis climática.

Uno de los blancos polémicos más visibles del libro es Bruno Latour, a quien Gabriel dedica varias páginas para acusarlo de un "sinsentido demostrable" por negar la existencia de hechos objetivos en favor de "cuestiones de interés" construidas socialmente. El argumento de Gabriel es contundente en su formulación, pero también rápido: reduce una obra amplia y matizada sobre sociología de la ciencia a una tesis caricaturizada, y no dedica el mismo esfuerzo a reconstruir las razones, epistemológicas y no solo políticas, por las que Latour y otros autores han cuestionado la neutralidad de los "hechos" científicos.

La obra tiene méritos claros. Gabriel escribe con una capacidad infrecuente para volver accesibles problemas de metaética que, en la literatura especializada, suelen quedar confinados a debates entre cognitivistas y no cognitivistas, realistas y antirrealistas. La defensa de que el relativismo moral no es una posición neutral sino una que, de hecho, favorece a quien ya tiene el poder de imponer su versión de los hechos, es un argumento que merece ser tomado en serio más allá de las simpatías o antipatías que despierte el autor. El ejemplo de "Antje Kleinhaus" (la berlinesa progresista que dona a causas humanitarias, pero no invita a la hija de sus vecinos turcos al cumpleaños de su propia hija) ilustra con eficacia cómo el prejuicio puede convivir con una autoimagen tolerante, y ese tipo de análisis de la hipocresía cotidiana es, probablemente, lo mejor del libro.

Dicho esto, el libro tiene puntos débiles que conviene señalar con la misma franqueza con que Gabriel señala los ajenos.

La primera tensión es metodológica. Gabriel afirma que los hechos morales son tan objetivos como los hechos físicos, pero el método para acceder a ellos que propone (una combinación de intuición filosófica y "cooperación" con las ciencias) queda, a lo largo del libro, más enunciado que desarrollado. No hay un procedimiento explícito para dirimir desacuerdos morales genuinos entre agentes racionales que, partiendo de la misma información fáctica, llegan a conclusiones distintas; el autor tiende a resolver esos casos declarando que uno de los bandos simplemente no ha entendido bien los hechos, lo cual corre el riesgo de convertir el realismo moral en una tautología: lo correcto es lo que Gabriel considera correcto, y quien disiente es porque todavía no ha comprendido la situación.

La segunda observación tiene que ver, sencillamente, con el paso del tiempo. Al haber sido redactado como intervención sobre la coyuntura de 2020, con referencias constantes a Trump, Bolsonaro, Orbán o a la gestión de la pandemia, el ensayo corre el riesgo de leerse, apenas unos años después, más como una crónica política fechada que como un tratado de ética con verdadera vocación de permanencia. Este hecho invita al lector a distinguir entre la validez universal y los ejemplos concretos con los cuales se ilustran, ya que estos en muchas ocasiones han perdido relevancia informativa aunque sigan siendo valiosos como estudios de caso.

En un tercer momento se puede observar la manera en que se aborda el pensamiento posmoderno ya que Gabriel señala que un relativismo extremo puede abonar a esa posverdad la cual se pretende combatir, sin embargo, el capítulo en el cual se habla sobre Latour se sostiene más en la fuerza retórica de sus afirmaciones que en una reconstrucción detallada. Para un lector con formación en sociología del conocimiento podrá nota de inmediato la ausencia de un análisis de la diferencia entre negar la existencia de los hechos morales y cuestionar los procesos institucionales mediante los cuales ciertos hechos llegan a ser considerados como buenos, malos o neutros según sea el caso; es fundamental esto, ya que se trata de dos conceptos distintos que sin embargo, el libro tiende a mezclar.

Existe todavía una cuarta tensión, de índole propiamente metaética, que el libro no enfrenta de manera directa, Gabriel recurre alternadamente al imperativo categórico kantiano y a la fórmula contractualista de Scanlon sobre lo que nos debemos unos a otros, como si ambos marcos condujeran de modo automático a las mismas conclusiones normativas. No es evidente que sea así. El contractualismo scanloniano fundamenta la corrección moral en la posibilidad de justificar una norma ante cualquier persona razonable que no pudiera rechazarla; el imperativo kantiano, en cambio, remite a la universalizabilidad de la máxima de la acción con independencia de que exista o no alguien dispuesto a aceptarla.

Son procedimientos de justificación distintos, con historias y problemas propios dentro de la filosofía moral, y el libro los trata como si fueran intercambiables porque ambos, a su juicio, desembocan en el realismo moral. Puede que así sea en los casos que Gabriel elige para ilustrar su argumento, pero un lector que llegue al libro con formación en ética normativa notará que esa compatibilidad se da por supuesta más que se demuestra.

Pese a esas limitaciones, el libro tiene un lugar legítimo en la bibliografía de quien trabaje temas de ética aplicada, alfabetización mediática o fundamentación filosófica de la formación universitaria, precisamente porque plantea con claridad una pregunta que las ciencias sociales y humanas no pueden eludir: si se abandona por completo la pretensión de verdad en el discurso moral, ¿con qué autoridad se puede después denunciar la desinformación, el discurso de odio o la manipulación algorítmica de la opinión pública? Gabriel no resuelve esa pregunta de manera definitiva, pero la formula con una nitidez que pocos autores de divulgación filosófica logran, y eso basta para justificar su lectura, siempre que se acompañe de una revisión crítica de sus fuentes y de sus ejemplos.

El interés del libro se encuentra tanto en sus diagnósticos políticos, como en el argumento del vínculo entre progreso científico-tecnológico y progreso moral. Se subraya que el avance en un campo no se produce de manera automática en el otro y subraya la necesidad de una colaboración entre las diferentes disciplinas para que el conocimiento tecnocientífico pueda influir en mejores decisiones colectivas y así que se dé el progreso moral. Esto no es una idea aislada, sino que se encuentra estrechamente relacionada con los debates actuales sobre la alfabetización mediática y el uso de la inteligencia artificial en las universidades. No es suficiente que los estudiantes dominen una técnica o una herramienta; es de igual importancia que desarrollen también un juicio moral, ya que este es el que les permita discernir cuándo y cómo emplearla de manera adecuada.

 

Conclusión

Ética para tiempos oscuros resulta más valioso como provocador intelectual que como un sistema completamente desarrollado. Su argumento central (la de que existen hechos morales objetivos y de que el progreso moral consiste en develarlos) merece ser debatida en los diálogos contemporáneos sobre ética y filosofía. Aunque esto no resuelva el problema del realismo moral, lo presenta sin las típicas y cautelosas revisiones que con frecuencia lo vuelven inofensivo. Por lo que leerlo junto a fuentes que ofrezcan un análisis más detallado de los casos empíricos que el autor hace mención, así como incorporar una discusión sobre los criterios necesarios para distinguir un hecho moral genuino de una simple convicción personal presentada como tal resulta fundamental para la lectura del mismo.

 

REFERENCIAS

 

Gabriel, M. (2021). Ética para tiempos oscuros: valores universales para el siglo XXI (G. García, Trad.). Pasado & Presente. (Obra original publicada en 2020).

 



[1] Licenciado en Psicología, (Universidad de Sonora), Caborca, México; Licenciado en Filosofía, (Instituto de Ciencias y Educación Superior), Hermosillo, Sonora, México; Maestría en Educación Media Superior, (Universidad Pedagógica Nacional) Caborca, Sonora, México. Doctorado en Innovación Educativa, (Universidad De Sonora), Hermosillo, México. Profesor de Asignatura Nivel D, Universidad de Sonora, Mëxico. Correo electrónico: federico.hagelsieb@unison.mx ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8133-0903