LA NARCOCULTURA COMO DISCIPLINA Y OBJETO:

HACIA UNA DEFINICIÓN REFLEXIVA DESDE LA POSMODERNIDAD,

EL NEOLIBERALISMO Y EL PATRIARCADO

Narco-Culture as a Discipline and Object of Study: Toward a Reflexive Definition from the Perspectives of Postmodernity, Neoliberalism, and Patriarchy

OMAR FERNANDO CONTRERAS AGUIRRE[1]

FECHA DE RECEPCIÓN: 15 DE MAYO DE 2026                                       

FECHA DE ACEPTACIÓN: 10 DE JULIO DE 2026

 

 

RESUMEN

 

Se argumenta que la narcocultura es una subcultura tomando como referencia un centro de poder hegemónico a partir de lo que se conoce como sujeto universal, lo cual no implica que suscribamos sus directrices éticas. Es entonces que ensayamos una definición formalizada desde una tensión dual del mismo concepto en dos acepciones, es decir, la narcocultura tanto como objeto de investigación y como disciplina de estudio en las ciencias sociales. Se hace una crítica que pasa por plantear un campo de problemas que atraviesa diversos dominios no excluyentes la historia, la política, la ética, la estéticadonde unas de nuestras conclusiones es que la narcocultura carece de reflexividad y tiene como ejes que articulan su sentido: el patriarcado, el neoliberalismo y la posmodernidad.

 

Palabras clave: narcocultura, reflexividad, neoliberalismo, patriarcado, posmodernidad

 

ABSTRACT

 

It is argued that narco-culture constitutes a subculture, taking as its point of reference a hegemonic center of power based on what is known as the universal subject, which does not imply that we endorse its ethical guidelines. We therefore attempt to formulate a formal definition based on a dual tension within the concept itself, that is, narco-culture understood both as an object of research and as a field of study within the social sciences. This entails a critique that involves identifying a field of problems that cuts across several non-exclusive domains—history, politics, ethics, and aesthetics. One of our conclusions is that narco-culture lacks reflexivity and that its meaning is articulated around three central axes: patriarchy, neoliberalism, and postmodernity.

 

Keywords: narco-culture, reflexivity, neoliberalism, patriarchy, postmodernity

 

Introducción

El etnocentrismo encarnado en la narcocultura como disciplina de estudio, es decir, como una forma de ver en las ciencias sociales, es tal, que al hablar de su objeto ya sea en forma de música, moda, arquitectura, religión o cualquier tipo de manifestación cultural sea subjetiva o material, suele utilizar etiquetas como: moda exótica;[2] “ingenua melodía como ritmo”;[3] que “en los hombres es común que porten joyas y pieles exóticas. En el caso de las mujeres zapatillas de tacones altos y bisutería, a veces extravagante”;[4] que la moda buchona de la narcocultura expresa “exageración y la extravagancia”;[5] también encontramos títulos de artículos como Entre la riqueza y la extravagancia: el consumo excéntrico del narcotraficante en México;[6] en el tema de la arquitectura se afirma que “las casas han ido cambiando en cuanto a las extravagancias de sus fachadas”;[7] en el terreno religioso con relación a la creencia de algunos narcotraficantes en San Judas Tadeo y la Santa Muerte, se dice que “dan un sentimiento de pertenencia y respeto por el difunto, sobre todo por lo extravagante de los rituales”;[8] en esta misma lógica, esta exotización lo asocian con lo rural al afirmar respecto a la transición urbana de las organizaciones del narco que “sus modos operatorios evolucionan con el tiempo, pasando de los antiguos tipos y arquetipos muy violentos, ostentosos, extravagantes, maquiavélicos, etc. hasta la nueva generación”;[9]  o que la narcocultura es una cuestión visceral cuando se dice que “la ostentación de armas y riqueza, el llamado narco-lujo (mansiones opulentas, vehículos exóticos, joyas, armamento de oro, fiestas desmesuradas), magnifica y teatraliza la dinámica hobbesiana de las pasiones”;[10] y la lista podría seguir, cuando se habla de la narcoestética se la suscribe como Kitsch, con lo que algunos autores se refieren al mal gusto de nuevos ricos que, con la estridencia de sus joyas y música ruidosa, buscan obtener el estatus que las clases acomodadas posen por nacimiento.[11] El problema con todos estos adjetivos es que son un juicio moralizador de gusto aristocrático con base en los pre-supuestos de La Cultura hegemónica, con mayúscula y la reifican sin darse cuenta.

            Precisamente en el terreno de la música se ha señalado como contrargumento a la apología del crimen, que la narcocultura solo describe una realidad que no se nombra en espacios artísticos hegemónicos tradicionales e incluso sirve como válvula de escape. Mejor un disparo en una canción que en la calle,[12] es un lema que evidencia la posición marginal de la narcocultura, es decir, que es una subcultura. Sin embargo, aquí surge un matiz muy importante, subcultura no es sinónimo de subversivo, agenciamiento, revolucionario o contracultural. Que hagamos esta afirmación no implica recaer en nuestra propia crítica de una degradación estética de tinte aristocrático, sino poner de relieve una relación de poder inserta en la posmodernidad. En un breve ejercicio de auto-objetivación, podemos decir que el hecho de que tengamos que aclararlo ya es síntoma de ese contexto.

            Dicho de otra forma, debemos tener presente que el arte y lo que es considerado como tal, actualmente, es una decisión intelectual determinada por coordenadas culturales impuestas a partir de la geopolítica de la guerra fría y sus resultados, con Estados Unidos y el modelo capitalista-neoliberal como ganador, véase por ejemplo el Congreso por la Libertad de la Cultura financiado por los servicios de inteligencia de ese país.[13] De tal forma que cuando la narcocultura es considerada como una vulgaridad, esto es cierto dentro de un régimen de verdad,[14] que da forma a un punto de vista o noción apocalíptica,[15] lo cual significa que la narcocultura como epistemología, inscribe a su objeto de estudio en una relación centro-periferia elitista que no explicita la hegemonía de La Cultura, teniendo al sujeto universal etnocéntrico con resabios de nobleza en el inconsciente de su propio análisis, es decir, un hombre, rico, blanco, heterosexual, joven, citadino, especista, etc. como eje de la existencia que se impone y ya se acepta en una fase de consenso, como buen gusto. Pasando por alto la redundancia, estamos ante la falta de reflexividad de la narcocultura sobre sí misma. Este es pues nuestro punto de crítica esencial del cual partimos para una problematización más amplia.

 

Enfoque teórico-metodológico: reflexividad rizomática

Antes de pasar al cuerpo este ensayo principalmente teórico, es necesario hacer unas notas sobre el tipo de investigación, criterios de selección bibliográfica y estrategia analítica para la construcción de nuestro argumento.

            Lo primero que es importante señalar es cómo hemos llegado a pensar la narcocultura en dos acepciones, es decir, como disciplina entendida como una forma de ver en las ciencias sociales y como objeto de estudio de dicha disciplina. Para esto nos guiamos por el libro Una invitación a la sociología reflexiva,[16] donde se menciona que para hacer verdadera ciencia social, hemos de objetivar la objetivación, entendida esta última palabra, como instrumento de observación que en sus distintas lentes y refracciones, permiten ver algunas cosas y no otras. En ese sentido, la reflexividad es una vuelta de la lente sobre sí misma para poder observar sus presupuestos teóricos y objetivarlos, es decir, verlos al mismo tiempo que explicitarlos. Para el caso de esta investigación que es del tipo de revisión bibliográfica crítica, seguimos este principio sencillo en su aplicación pero potente en sus alcances. Nos ha permitido develar las reglas de una determinada rama del árbol científico, que a su vez nos ha llevado a otros campos del saber más amplios, de los cuales a su vez se desprenden distintos problemas interconectados que hemos desarrollado de forma exploratoria.

            Por otro lado, en cuanto al criterio de revisión bibliográfica, ha sido el siguiente. Primero partimos de dos artículos titulados respectivamente 1) El estudio de la narcocultura mexicana: trayectoria y enfoques;[17] 2) Investigación documental sobre la narcocultura como objeto de estudio en México.[18] Ambos son al igual que nuestro trabajo, una revisión bibliográfica de esta disciplina, pero más del tipo descriptivo. Después a través de la consulta de sus referencias y en un efecto de bola de nieve, nos fue posible hacer la siguiente síntesis de lo que es el objeto de estudio de la narcocultura. 1) personas directamente relacionadas al narco como sicarios, traficantes, consumidores, vigías, reclutadores, pasando por el análisis de sus identidades y prácticas, es decir, cultura subjetiva; 2) productos dentro de un campo más estético como música, literatura, televisión, videojuegos, moda, arquitectura, internet, cine, etc. consumidos tanto por personas directamente involucradas en el narco como por las que no, y los significados que reflejan, es decir, cultura objetivada. A partir de esto, una vez alcanzado el punto de saturación y no encontrar un enfoque similar al nuestro, es decir, de reflexividad aplicada, decidimos proceder al desarrollo argumental. Los trabajos específicos a los que hacemos alusión para esto no son todos los encontrados en el transcurso de esta revisión de bola de nieve, sino aquellos que a nuestra consideración mejor ejemplifican los puntos de cada crítica.

            Finalmente, la estrategia analítica que hemos seguido para el desarrollo de este trabajo podríamos adjetivarla como rizomática[19]. Esto significa que el proceso de este artículo ha sido un ir y venir que con el transcurso de los distintos avances de investigación, fue necesario ir resolviendo los problemas e implicaciones que iban surgiendo. Todos como puntos de encuentro, entradas y salidas desde los que se podía abordar indistintamente el campo de problemas que aquí planteamos. Dicho de forma más simple, aunque al final hemos organizado este ensayo en cuatro apartados, estos siguen operando de forma interrelacional sin delimitaciones fijas, pues uno remite a otro y viceversa. Su lectura incluso podría ser distinta a como aquí se propone ya tan solo por la simple estructura de un formato vertical. Pese a que en algún momento estábamos tentados a construir subapartados ya sea por disciplinas (uno para la historia, otro para la política, otro para la estética y ética) o por enfoques (la narcocultura desde el patriarcado, la posmodernidad y el neoliberalismo), esta disección al final nos fue imposible, porque precisamente en esos recortes como delimitaciones tajantes, se perdían los puntos de encuentro rizomáticos, valiosos en cuanto a que ponen de relieve la complejidad de un fenómeno que cual prisma, tiene distintos lados interconectados no necesariamente simétricos.  

            Es por lo anterior que como concreción empírica de este entramado conceptual abstracto, en aras de una mayor claridad, que nuestra estrategia analítica y organizativa del propio texto, incorpora hacia al final dos fotografías tomadas por nosotros. La lectura que hacemos de las mismas metodológicamente es a partir del paradigma indiciario,[20] lo que quiere decir que aquellos hechos minúsculos que captamos en cámara representan la historia del tiempo presente, donde podremos ver que se entrecruzan todos los temas que hemos de desarrollar a continuación, a saber, las fotos como síntesis del clasismo de la narcocultura como disciplina y el objeto estético de su estudio que degrada, con sus consiguientes implicaciones éticas; el posicionamiento político e histórico de diversos análisis como conservadurismo encriptado; y las expresiones de lo que en realidad es una subcultura.

 

Narcocultura: un campo de problemas políticos, históricos, estéticos y éticos

De inicio debemos recordar que la misma ciencia antropológica tiene un origen colonial para estudiar otras culturas, es decir sub-culturas, consideradas inferiores, atrasadas o alejadas de la civilización, cuestión cuyas implicaciones metodológicas derivan en el problema ya mencionado en la introducción del sujeto universal como referente implícito de análisis en la narcocultura como disciplina. Por lo tanto, no es que la narcocultura sea una subcultura porque los valores sociales se trastoquen o se desvíen, lo que implica una moralización que ratifica la cultura hegemónica;[21] y tampoco tiene el estatus de cultura por su grado de generalización al adherirse a todo tipo de personas, lo que implica una ingenuidad posmoderna que omite la política y la historia.[22] El hecho es tan simple como explicitar una relación de poder con respecto a un centro de referencia a partir del cual el mundo está organizado, lo cual no equivale a que lo suscribamos éticamente. Hacerlo sería confundir entre juicio de valor y una referencia a valores.[23] Y si por otro lado alguien argumentara que es una visión funcionalista, responderíamos que más bien se trata de una objetivación no voluntarista, es decir, que hace explícita la relación de poder para después, a partir de ahí, hacer la crítica. Dicho lo anterior, derivar que la narcocultura es un agenciamiento político incluso decolonial por el solo hecho de ser periférica y masiva, es caer en el otro extremo del mismo error en una versión integrada —véase nota al pie número dos— por contraposición a la apocalíptica, que solo se explica de nuevo por un contexto posmoderno.

            Ahora bien, no perdamos de vista que lo que nos interesa no es solamente la narcocultura como objeto, sino especialmente como disciplina y su relación con aquello que estudia. Y es entonces que la aclaración y crítica que hemos hecho en el párrafo anterior nos lleva a desplazarnos no a la narcocultura considerada de mal gusto, sino a la de buen gusto, tanto, que la línea que las separa se difumina al no considerar a esta última como parte de ese mismo universo simbólico, sino como su denunciadora y juez. Cual palimpsesto, nos permite ver esas superposiciones de escritura, interpretaciones y mirada narcocultural —como disciplina— de la narcocultura como objeto, a partir de lo que de antemano no es considerado narcocultura y, sin embargo, lo es, porque condensa todos los problemas que conserva las huellas de esa disciplina. Están ahí pero apenas se ven cual borrones. Más concretamente nos referimos al trabajo de Teresa Margolles, quien en el marco de una de las exposiciones de arte más prestigiosas del mundo, La Bienal de Venecia, en 2009, presentó su obra De qué otra cosa podemos hablar y que consistía en poner cobijas ensangrentadas con las que se envolvían a personas asesinadas en México como si fueran lienzos o cuadros, mientras al mismo tiempo, en una especie de happening, trapeaba el piso de una de las salas del  museo con una mezcla de sangre, fluidos y jabón.[24]

            Más allá de las críticas que ya se le han hecho, como si su obra es ilegal porque para tener acceso a la sangre debió romper la ley, o bien una farsa porque entonces usó sangre de animales o quizá pintura, lo importante es que en ciencias sociales, equivocadamente, algunos consideran esta exposición como una buena contextualización y explicación[25] o hasta una historiografía de lo que pasa en México.[26] No negamos aquí la importancia de visibilizar la violencia, pero más importante que el cuadro en sí mismo y nos guste o no el estilo necrótico o arte forense —si es que obviamos que habilitamos con esta expresión un género artístico que nos devuelve al problema estético pero también de clase— lo relevante se encuentra en el marco que guía e impone una lectura, nos marca cómo y qué hemos de ver y en este caso, se centra en el dolor, el sufrimiento y lo desagradable de un país que sangra y llora, como dice la misma Margolles. No obstante, la obra evoca la pura emocionalidad, su título es paradójicamente revelador en la medida en que, sin saberlo, alude a su propia lógica interna como un sobreentendido que no dice nada, es decir, que oculta. De qué otra cosa podemos hablar sino de la violencia, es la pregunta retórica cuya respuesta pone el foco en la nota roja. ¿Por qué entonces considerarlo incluso historiográfico? Toda una habitación ensangrentada para hacer explícita la crueldad y se olvida de lo más esencial, los responsables políticos, éticos, históricos y jurídicos. Una obra que denuncia la falta de estado de derecho que opera en el mismo marco epistémico morboso que ignora lo más importante, los autores intelectuales de los crímenes. Por eso cuando alguno se pregunta cómo es posible que el gobierno mexicano haya permitido tal exposición[27] —considerando su éxito histórico de cooptación artística— concluye erróneamente que Margolles es una infiltrada, sin embargo, y he aquí lo relevante, ignora que la autora no le pone nombre a esa violencia: Partido Acción Nacional (PAN) y su asociación en ese entonces con el cártel de Sinaloa a través del gobierno de Felipe Calderón, hoy plenamente documentada con el caso de Genaro García Luna.[28]

            De tal forma que puesta la pura violencia, así nada más, se inserta en la misma narratividad heurística del gobierno del entonces presidente Felipe Calderón, que justificaba su falazmente llamada guerra contra el narcotráfico en los mismos términos que habla —y por lo tanto no lo hace porque repite la versión gubernamental— la obra de Margolles. Es decir, sí, hay mucha violencia, hay sangre, hay asesinatos, por lo tanto el gobierno legitima su política de guerra que se trataba más de entregar el país a una facción criminal con apoyo de las fuerzas del Estado a nivel federal. Y si esto es lo que de forma sincrónica la obra no ve, como tampoco el campo académico que hace referencia a dicho arte como perfecta contextualización del país —puesto que son contemporáneas de ese gobierno— más lejos queda pedirles un análisis asincrónico del pasado como trasfondo que convirtió a México en una habitación de museo rojo plasma. Es decir, la responsabilidad histórica del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

            Este es pues solo un ejemplo en el terreno de lo que narcoculturalmente puede ser considerado buen gusto desde la misma perspectiva hegemónica por el meta-marco de prestigio que otorga a su vez una exposición de arte en Italia, pero en cuanto a productos que carecen de esa legitimación, por ejemplo, se habla de los narcocorridos como mal gusto, pero también, como una reapropiación del discurso oficial del Estado por parte de los narcos para hacerse visibles. [29]  Otros autores destacan el aspecto identitario que ofrece el narco ante la reducción de posibilidades de un capitalismo líquido que despoja de un proyecto de vida y añade, desde la psicología, que esta inclinación no es pasividad, sino un goce heroico basado en la violencia como código de pertenencia, por lo que muchos prefieren una vida con un corrido que hable de ellos a una vida anónima.[30] De lo anterior debemos preguntarnos, ¿realmente los eslabones más bajos del organigrama criminal pueden pagar un corrido a los cantantes famosos?, ¿puede hablar el narco anónimo? Y aun si asumiéramos que el narco sí puede hablar de forma literal, es decir, que más allá de si es un discurso propio puede acceder a la posibilidad de que le hagan un narcocorrido exclusivamente a esa persona, ¿por qué sería una reapropiación no pasiva si la gran mayoría es una exaltación de la violencia, la cosificación y el odio?, elementos justamente en clave neoliberal-patriarcal-posmoderna que les juegan en contra a las personas que integran las filas del narco, al punto de ponerlos al borde de la muerte. La pregunta finalmente sería, ¿la narcocultura es una reapropiación política con capacidad de agencia y también una vulgaridad estética? Esta contradicción solo se explica desde una mirada condescendiente que quiere encontrar mensajes subversivos donde no los hay, pues la narcocultura carece de demandas políticas e incluso carece de deseo por fuera de La Cultura hegemónica; segundo, ejerce un clasismo elitista que juzga ese supuesto mensaje político como estéticamente deficiente, con lo que reifica La Cultura.

            Dicho de otra forma, este dualismo de la narcocultura como disciplina y como objeto de estudio, es decir, como una episteme exotizante etnocéntrica analizando una subcultura que persigue los valores que impone la misma Cultura hegemónica, con mayúscula, que la excluye —comenzando por la misma disciplina en la ciencia social que la estudia— tiene como síntesis el otorgamiento de voz política imaginaria al mismo tiempo que descalifica su estilo, un absurdo que se explica por un posmodernismo que así como el neoliberalismo excluye la política del Estado como garante de derechos —para convertirlo solo en un gerente y administrador de recursos— descarta la relación entre política y estética. Su máxima sería: lo bello no debe contaminarse con lo político y viceversa, lo grotesco puede llegar a ser político, aunque no diga nada… y como no dice nada, no hay política y esa apoliticidad, ya es política, solo que velada, un conservadurismo encriptado. He ahí la trampa donde la narcocultura es como la sonata 4 minutos 33 segundos de John Cage. Compararlos puede parecer una aberración desde la perspectiva de La Cultura, pero insistimos en que el punto clave es la falta de la política y la historia. No se parecen tanto por la composición, pues la analogía no es estética en un plano apocalíptico-elitista, como por el hecho de que mientras uno en su abstracción no denuncia, no se posiciona y solo se deja contemplar sin pasar a la acción, poniendo a la individualidad narcisista como centro, la otra tampoco dice nada por fuera del canon como pre-juicio histórico del neoliberalismo convertido en devenir presente, re-producido en expresiones subculturales más literales, por ejemplo, el narcocorrido.

            De tal forma que la narcocultura como epistemología posmoderna carente de historia no se da cuenta que tiene como trasfondo que la configura, una política poscolonial no como fase superada, sino de consenso interiorizado, a tal punto que llega a ver agenciamiento en su objeto de estudio por mera contraposición al Estado y que burdamente desde el pasotismo —cuyo mayor éxito es establecerse como condición para hacer ciencia y arte— homogeneiza gobiernos. El todos son iguales que deshistoriza y despolitiza, como por ejemplo se hace en el libro Mitología del narcotraficante en México, donde por la fecha de publicación había un solo responsable político y muy claro, sin embargo, nunca se lo menciona.[31] Páginas y páginas que deciden ignorar el hecho de que el PRI de los ochentas y su política neoliberal, empujan a miles de jóvenes a la pobreza, haciéndolos vulnerables económica y emocionalmente para ser usados por el narco.

             En ese texto se ve en los narcocorridos una catarsis e incluso sugiere un paralelismo entre el narco y la guerrilla por mera contraposición al Estado, sin decir nada sobre ideales políticos. Es así como aparece el punto más discutible del libro, pues afirma que, siguiendo a Nietzsche, no existen hechos, solo interpretaciones y que por lo tanto la violencia no es buena ni mala en sí mima, sino que depende del punto de vista de quien la detenta privilegiadamente. Luego entonces el autor afirma que en un análisis sociológico no deberíamos juzgar con los criterios de la cultura hegemónica —se entiende la del Estado y las demarcaciones legal e ilegal que impone— a los narcotraficantes, que por lo demás, añade, muchos de ellos vienen de entornos condicionados por la pobreza. En eso último estamos de acuerdo y por supuesto no se trata de un ellos y nosotros que implique segregación, sin embargo, tampoco podemos hablar de sujetos inimputables basados en un relativismo ético total. La cuestión es que se plantea el problema erróneamente y en un ánimo de posicionarse como un vanguardista, confunde la represión disciplinaria de los individuos, como reforma psicológica y moral que pugna por el control del comportamiento en términos médicos, con la sociedad y sus derechos humanos como un fin defendible. Nuestra crítica a Astorga no es afirmar una virtualidad de un sujeto peligroso ya sea como consumidor o productor de drogas con base en un prejuicio discriminatorio, sino de la falta de disección más fina de los sujetos que integran el amplio espectro del narco, el cual abarca desde narcomenudistas hasta asesinos, hasta autores intelectuales, lo cuales no son los pobres usados como carne de cañón.

            Otra falla del libro que venimos comentando es que hace un análisis anacrónico de la narcocultura a finales del siglo XX, criticando el discurso de principios del mismo siglo, que, como él mismo identifica, se decía que las drogas eran causa de una degeneración que nos reconvertiría en indígenas, [32]por lo que concluye que, erróneamente, se considera a los narcotraficantes en la misma lógica del tipo salud-enfermedad. También coincidimos en esto último, no hay personas que sean un cáncer para la sociedad, ni degeneración, lo que implica una metáfora médica racista. Lo que sí es cierto, es el problema concreto de personas que atentan contra los derechos de otras en una comunidad. Precisamente por lo anterior esta relativización de la violencia está mal enfocada, ya que Astorga hace una crítica cuyo punto ciego radica en centrarse exclusivamente en una noción individualista por mera contraposición al Estado —que justamente es una característica de la ética neoliberal, posmoderna y de la propia narcocultura — y no en una sociedad cuyo precepto en democracia es la garantía de derechos y libertades ciudadano que vaya más allá de la individuación.[33] Ya solo con esto, la tesis de la contraposición al Estado en la noción de la narcocultura como subcultura trasgresora en su paralelismo a la guerrilla se cae, pues los jóvenes capturados por el narco tienen la misma visión neoliberal impuesta desde el mismo régimen priista. Finalmente, el mismo autor del libro también afirma:

            El equivalente del intelectual orgánico para los traficantes sería el compositor de corridos, verdadero creador de mitos constitutivos de su visión del mundo, de su filosofía, de su odisea social, de su forma de vida, de la transmutación del estigma en emblema[34]

            En un claro giño a Gramsci, Astorga acierta con el paralelismo del intelectual orgánico y el compositor de narcocorridos como difusor de un sentido de vida, sin embargo, es necesario preguntarnos, ¿alcanza el grado de creación?, ¿es un lenguaje a manera de su propuesta filosófica, artística y política o, por el contrario, es un lenguaje el que los habla? ¿Son sujetos en sentido de una subjetividad propia y original o sujetos en el sentido de atados a una lógica que les precede y domina? Estas preguntas en realidad ya han sido contestadas desde el feminismo en su cruce con la narcocultura. La respuesta corta es que no, la narcocultura no es la invención de una visión filosófica, sino la internalización de La Cultura heteropatriarcal posmoderna y neoliberal como hipérbole de su mandato, pero precarizada.

 

La tumba-mansión y una definición formalizada de la narcocultura

Para clarificar lo anterior tomemos como ejemplo un elemento de la narcocultura objetivada en el campo de la arquitectura, nos referimos a la figura de lo que podríamos denominar como tumba-mansión que encontramos en lugares como el cementerio Jardines del Humaya en Sinaloa. ¿Qué significa un monumento en el que incluso hay casos donde los narcotraficantes piden ser enterrados con sus camionetas de lujo? Precisamente aquí podemos ver la expresión más extrema del mandato neoliberal combinado con el patriarcado, pues conjuga la violencia que termina en muerte de un discurso que mientras concentra la riqueza para unos cuantos, abandona a la mayoría, elimina derechos sociales, empobrece y empuja a tomar la vía del crimen, y, por otro lado, sigue imponiendo un deseo de ostentación y riqueza en clave machista. Por lo tanto, en esa narco-arquitectura se refleja el autodesprecio impuesto por las carencias que el mercado genera, pues estamos ante un sujeto cuyo cálculo y conclusión fue que su vida no valía la pena ser vivida y se auto-sacrifica, literalmente, al punto de ser empresario de sí mismo. Una lógica financiera que apuesta y especula con la propia vida, cual si fuera una inversión donde el sujeto se cosifica. Mejor vivir poco y bien, que mucho y mal, rico o muerto, es el lema del cortoplacismo al que se ha orillado a una persona que, sin embargo, en muerte, sigue queriendo gritar, cual falo, el estatus que se le negó en vida con un monumento. De tal forma que el narco, incluso el que tiene dinero como para pagar una construcción así, no puede hablar, porque la tumba-mansión es una sobrecompensación y mensaje postmortem en los mismos términos que el mandato neoliberal y patriarcal le imponen y lo hablan: como falo-macho y como propiedad-cosa, pero de un muerto. Una contradictoria necro-erección arquitectónica en un esfuerzo violento e impotente por alcanzar la masculinidad hegemónica que termina en un monumento absurdo para un cadáver. Un absurdo que no pasa por la burla irónica, sino en el hecho despiadado de que esa no-vida está inserta en una matriz cultural que la precariza, es decir, que precisamente la clasifica como algono alguien— que no vale la pena ser recordado y merecedor de luto.

            Dicho de otra forma, la misma Cultura con mayúscula que clasifica como desechable, es decir, que precariza, [35]sigue siendo el horizonte que rige la fugaz existencia de quienes se identifican en la narcocultura. He ahí el sentido contradictorio de la tumba-mansión, pues paradójicamente a quienes excluye la cultura dominante, solo pueden encontrar la promesa del neoliberalismo y el patriarcado en la muerte, como no-propietario de un féretro-mansión. Además, debemos insistir que este es un destino digno —si es que se le puede llamar así, pues no hay dignidad en la muerte solo en la vida, aunque esto nos lleva a su vez a la cuestión de lugares de la memoria— al que no todos los usados por las empresas criminales llegan. Basta pensar en los miles de personas que terminan en el lodo o dentro de una bolsa de plástico, sin un lugar conocido por familiares y amigos que resguarden los restos. Finalmente, tampoco debemos perder de vista que esta imposición cultural neoliberal y sus efectos ya descritos, no ocurren en lo abstracto, pues recaeríamos en el posmodernismo que criticamos, sino que, debemos recordar para el caso de México, fue promovida, mas no creada, por gobiernos específicos del PRI y el PAN a partir de la agenda política de los Estados Unidos, cuyo contexto es el de un mundo unipolar, es decir, una sola potencia hegemónica a partir de los resultados de la guerra fría.

            Es entonces que a partir de cierto consenso en los estudios de género, nuestra definición de la narcocultura como objeto en su tensión dual que hemos problematizado con su acepción como disciplina de estudio es, en un intento de formalización: una subcultura posmoderna cuya regla de sociabilidad también manifiesta en sus expresiones materiales, se basa en, y persigue los, valores del neoliberalismo y heteropatriarcado, sin embargo, nunca los alcanza; al mismo tiempo, es exotizada por la misma ciencia social que la estudia debido a su carácter etnocéntrico que reifica al Sujeto Universal de la historia y sus cánones de belleza, lo cual, a su vez, no significa que la narcocultura como objeto-subjetividad por su mera posición periférica con respecto a este centro de referencia, sea un agenciamiento político contracultural, todo lo contrario, es su reproducción precarizada, entendido este último adjetivo como inserción en la matriz de La Cultura, con mayúscula, que la categoriza como desechable junto a las personas que se identifican en dicha subcultura. Lo anterior significa que la narcocultura tiene como ejes constitutivos entrecruzados y no totalmente independientes: la violación como forma de relación pública y/o privada, inserta en un pacto fraternal mafioso que reafirma roles de género heteronormativos, por eso es patriarcal; la cosificación como exaltación de la individualidad que no reconoce alteridades, solo mercancías y por lo mismo está orientado al consumo, incluso de cuerpos, incluso de sí mismo, por eso es neoliberal; el pasotismo tanto en su acepción de disciplina como de objeto, que en su desinterés por la historia y la política se enorgullece de todo lo anterior y descarta o imposibilita toda noción de ciudadanía que pugne por un proyecto del nosotrxs y por el contrario, es narcisista-individualista, por eso es posmoderna; y finalmente, lo periférico con respecto al centro de referencia hegemónico a tal punto que la misma ciencia social que la estudia, confirma esa relación de poder en el campo estético al categorizarla de kitsch,  estrafalaria, etc. por eso es una subcultura.[36]

La concreción sintética de un campo problemas en dos fotografías

 

Foto 1. Naco-corridos

Foto 2. El anarquista

            Toda nuestra discusión hasta el momento ha sido mayoritariamente teórica y en abstracto, sin embargo, hemos dejado la evidencia empírica al final, cual documento histórico que funciona como indicio de su tiempo para mostrar la concreción del campo de problemas en torno a la narcocultura que hemos intentado proponer. La foto número uno ya da cuenta de aquella visión clasista sobre la narcocultura que hemos señalado. Al hacer un juego de palabras con narco-naco corridos, el autor del grafiti los critica como pobres con mal gusto. La rabia de esta protesta callejera puede contextualizarse a raíz de lo ocurrido en Guadalajara el 22 de febrero tras la muerte de El Mencho, líder de la organización criminal que gobierna la ciudad, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), quienes impusieron un toque de queda ese día. Sin embargo, vemos que el enojo se canaliza con un odio que se ceba contra los pobres, pues para quien no sea de México, debemos aclarar que la expresión naco tiene una connotación peyorativa que asocia a las clases sociales más bajas con una disposición estética considerada inferior, es decir, básicamente el mismo principio reflejado en académicos que califican la narcocultura de extravagante, exótica, excéntrica, etc. Es interesante aquí mencionar el significado de la etimología de estas palabras con el prefijo ex, que quiere decir fuera de, que se aparta de. Implícito está el centro de referencia hegemónico cuyo mayor éxito es justamente pasar desapercibido. Lo tácito como prueba del éxito de la imposición cultural como violencia simbólica. 

            No obstante, aún más revelador es la foto número dos en relación a la anterior, pues vemos por la caligrafía y la firma que el autor es anarquista, y es el mismo que también protesta contra el alza al costo del trasporte público en Guadalajara, a eso se refiere la expresión “no al tarifazo”. Dicho de otra forma, aquel sujeto cuya posición, sin entrar en detalles sobre su significado, pero que esencialmente se opone al orden neoliberal y patriarcal además del Estado, pasa del escritorio a la acción con un mensaje que opera en los mismos términos epistemológicos de la opresión contra la que intenta revelarse. El mismo sujeto que alza la voz contra el aumento de precio al transporte de la clase trabajadora, denuncia la cultura del narco en los términos de su propio verdugo, calificándolos de nacos en esta asociación despectiva y degradante de pobres-ignorantes-mal gusto.

            Aquí es donde surge la paradoja, pues nuestro énfasis de las contradicciones del grafiti no es ni mucho menos para defender la narcocultura, la cual ya hemos descrito como violenta y destructiva, sino que buscamos poner de relieve el discurso hegemónico en lugar de negarlo desde un ingenuo utopismo voluntarista o moralismo. Es precisamente no perder de vista que sin importar lo que pensamos, existe cierta objetividad de los mecanismos sociales manifestados en subjetividades que solo lo son, en la medida en que son expresadas por individuos en su acepción de sujeto único indivisible, no único particular en su acepción de original o librado por fuera de aquello que estudia la sociología. Esto aplica tanto para quienes se identifican en la narcocultura, como para quienes la denuncian, como para quienes la estudiamos. Si lo anterior no fuera cierto se estaría negando una de las cosas más importantes de la ciencia social, su estudio sobre cómo un X grupo dominante se reproduce y legitima en la vida cotidiana, lo cual a su vez no implica un burdo estructuralismo de física social y sujetos autómatas.

            Es pues la objetivación de la objetivación misma que omite la narcocultura respecto a sí misma y por ende los sociólogos, antropólogos, politólogos, etc., que la ponen en práctica a partir de sus reglas como formación discursiva en las ciencias sociales, que no se ha podido captar algo tan importante: el mismo clasismo que ejerce esta disciplina, como el autor del grafiti en las fotografías con su protesta. Tomar conciencia de esto es el primer paso para una propuesta contra-narcocultural efectiva, sino preguntémonos, ¿cómo reaccionará el joven a quien le gustan los narcocorridos cuando vea ese grafiti? Más o menos con palabras similares, podría pensar molesto, consolidando así su disposición estética con toda la ética que le viene aparejada, que se trata de otro mamón-elitista que no entiende lo que es vivir en México, en su barrio. De cierta forma, estaría en lo correcto. 

 

Conclusiones

Hemos de reconocer desde ya que nuestra definición de narcocultura no es completamente original, su aporte es más una síntesis que debe mucho a las autoras que hemos citado, sin embargo, su formalización permite contrarrestar los efectos de una vaguedad que se despreocupa por las implicaciones semánticas de las palabras y no puede ponerse de acuerdo en si la narcocultura es una subcultura o una cultura. En ese sentido, la aclaración al respecto que hemos hecho sería nuestro primer aporte.

            Una segunda cuestión tiene que ver con los alcances de este trabajo. Como dijimos al inicio en el apartado metodológico, usamos los ejemplos que mejor ilustraban nuestros puntos de crítica. Esto vale aclarar no es una selección ad hoc, sino el uso de casos para señalar sobre a todo a futuras investigaciones, cuáles son las limitaciones más actuales en la narcocultura como disciplina. ¿Eso significa que todos los estudios narcoculturales tienen los errores aquí mencionados? No, significa que aquellos estudios pasados presentes o futuros que de forma similar caigan en los errores aquí mencionados, deben ser superados o corregidos. Luego entonces, ¿cuáles exactamente son los puntos de recomendación de forma concreta donde proponemos un avance a partir de este ensayo? Podemos señalar tres cuestiones fundamentales que vendrían a integrar el campo de problemas a resolver.

            1) Hemos identificado la omisión de la historia y la política a partir del posmodernismo establecido como poscolonialidad integrada inconscientemente en los análisis de la narcocultura, cuya hegemonía es tal, que además de ser un conservadurismo velado o encriptado, se presume falazmente como condición de ciencia social. Hay una resistencia sistemática a mencionar actores políticos específicos. El tema no es menor porque implica, se quiera o no, una disputa por la memoria de la población, lo cual a su vez tiene repercusiones concretas que llevan a su vez al poder a partidos políticos responsables por la violencia mortal, la desigualdad y la pobreza que en México hoy padecemos. Una investigación que se precie como tal, no debe omitir o minimizar estas cuestiones. Más vale que se expliciten de forma honesta con argumentos científico-sociales, a pretender que no son importantes o peor aún, ignorar que son relevantes, o aún más grave, sea propaganda deliberada con el empaque de la ciencia.

            2) Por otro lado, también podemos afirmar que hemos contribuido al debate conceptual de la narcocultura a través de la tensión dual propuesta tanto como disciplina y como objeto de estudio. Esto debemos decir es una novedad sin precedentes, pues hasta el momento no había sido planteado de esta manera. Por lo tanto, nos desplazamos del estado de saturación teórica más ortodoxo y una nueva línea metodológica puede ser esbozada. Esta consistiría en un ejercicio de auto-objetivación, pero no de nosotros como investigadores en acepción individual, sino de la disciplina de estudio misma y sus presupuestos invisibles hasta ahora. Es decir, ha sido un primer intento por objetivar la objetivación de esa mirada exotizadora y etnocéntrica de la narcocultura que califica de extravagante a su objeto debido a su falta de reflexividad. Hacer una sociología de nuestra sociología es necesario y eso exige el entrecruzamiento interdisciplinar que ya hemos mencionado en el punto número uno y al que, para el caso de lo aquí estudiado, se suman consideraciones estéticas-éticas que especialmente tienen que ver con el factor de clase social. Siempre se degrada a los pobres, incluso desde la ciencia social.

            3) Derivado de lo anterior aparece la conclusión práctica más importante. Si consideramos que somos legatarios de una tradición de dominación, al menos la mayoría de la población, podemos decir que somos sujetos de la historia como trasfondo hecho tiempo presente, como un proceso de formación que cual devenir nos hace ser quien somos. ¿Y quiénes somos? Debemos reconocernos no sin vergüenza como dominados, pero también como un primer paso estratégico si aspiramos a la libertad, para develar aquello que damos por sentado. Por supuesto que existe la posibilidad de subvertir ese estado de cosas, es decir, la cultura neoliberal, posmoderna y patriarcal, más concretamente en su manifestación convergente con la narcocultura en México. Es un fenómeno perdurable pero no eterno al punto de entrar en un estructuralismo determinista que elimina cualquier posibilidad de acción para cambiarlo. Si así no lo creyéramos se deshabilitaría ya no solo la posibilidad de un mundo deseable, que satisfaga al menos las necesidades básicas, sino cualquier tipo de denuncia. Pero en tanto ruptura que permitiría cambiar el orden presente de las cosas, debemos pensar en cómo hemos de articular nuestras críticas. Aunque banal por ser un lugar común, no carece de importancia decir que solo en democracia existe la subjetividad. De nuevo remitiendo a las cosas más esenciales, un ser que tiene todas sus necesidades genéricas en cuanto a especie cubiertas puede actuar con creatividad, en favor de una ciudadanía, una comunidad y eso significa pasar del pasotismo. Pero aún si diéramos ese muy importante paso, ¿no será que resguardamos incluso en nuestra ciencia los argumentos clasistas que, al mismo tiempo, habilitan a quienes insertos en la narcocultura, se ven a sí mismos como rebeldes en un tono cuasi político desde una paradójica apoliticidad? Esa es la pregunta como campo de problema que remite a la síntesis que mostramos en las fotos. De forma todavía más concreta queda seguir pensando: ¿cuáles serán nuestras acciones para una contrahegemonía de la narcocultura? Sean cuales sean las respuestas, el punto de partida mínimo sería considerando, al menos, lo que aquí buscamos presentar.

 

REFERENCIAS

 

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[1] Licenciado en Estudios Políticos y Gobierno, Universidad de Guadalajara, México, Maestro en Ciencias Sociales, Universidad de Guadalajara, México. Adscripción institucional: Estudiante de doctorado en Ciencias

Sociales por la Universidad de Guadalajara y profesor en UNE Tonalá, México. Correo electrónico: omarferconaguirre@gmeail.com ORCID: https://orcid.org/0009-0007-8847-5682

[2] Sandoval, Ángel, “Los problemas empíricos de la narcocultura como concepto para el análisis de la violencia, el consumo y la corrupción en Colombia”. Cuadernos de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales Universidad Nacional de Jujuy (58: 35-58, 2020). https://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S166881042020000200002&lng=es&tlng=es.

[3] Valenzuela, José, Jefe de Jefes. Corridos y narcocultura en México, (Hoja casa editorial, 2002) 15.

[4] Mondaca, Anajilda, “La fenomenología de la narcocultura y su universo simbólico”, Graffylia, Revista De La Facultad De Filosofía Y Letras 3 no. 5 (2018): 82, 83. https://rd.buap.mx/ojs-graffylia/index.php/graffylia/article/view/161

[5] Rincón, Omar y Noriega, Dulce. “Cooltures bastardos: narco, reguetón y algo más”. En: Canción con todos: Culturas populares, subalternidades y decolonialidades en América Latina, (2024): 316.

[6] Velázquez, Juan y Fernández, Héctor, “Entre la riqueza y la extravagancia: el consumo excéntrico del narcotraficante en México, SAPIENTIAE: Revista de Ciencias Sociais, Humanas e Engenharias,4 no.1 (2018). https://www.redalyc.org/journal/5727/572761147002/572761147002.pdf    

[7] Mondaca, Anajilda, “Narrativa de la narcocultura. Estética y consumo”. Ciencia desde el occidente 2: (2014): 31. https://biblat.unam.mx/hevila/CienciadesdeelOccidente/2014/vol1/no2/4.pdf 

[8] Bravo, Sofía. 2025. “Narcocultura, cohesión cultural y expansión transnacional: un desafío para la seguridad internacional”. Revista Política y Estrategia 145 (2025): 97. https://doi.org/10.26797/rpye.vi145.1103

[9] Onguédou, Georges. y Evele Dauda, "Narco modus operandi en Sin tetas no hay paraíso y Sin tetas sí hay paraíso de Gustavo Bolívar". Revista Peruana de Antropología 10 (2025): 104. http://revistaperuanadeantropologia.com/index.php/rpa/article/view/198/164 

[10] Mizrahi, Esteban, "Del Estado soberano al Leviatán zombi: Una reflexión hobbesiana sobre el narcotráfico en América Latina". Las Torres de Lucca: Revista internacional de filosofía política 15 (2026): 37. https://doi.org/10.5209/ltdl.103792 

[11] Vázquez (2024), Vásquez, Ainhoa. 2024. Narcocultura. Barcelona: Paidós.

[12] La filmoteca maldita, ¿Qué es la NARCOCULTURA?. Vídeo. YouTube, 3 de noviembre de 2024 https://www.youtube.com/watch?v=mtBVQxctB7w 

[13] Anderson, Perry, Los orígenes de la posmodernidad (Madrid: Anagrama, 1998).

[14] Foucault, Michel, La arqueología del saber (Siglo XXI Editores, 2002).

[15] Eco, Umberto, Apocalípticos e integrados (Barcelona: Lumen España, 1992). De este libro retomamos el argumento sobre lo Kitsch que hacemos extensivo a la narcocultura. Es decir, puede surgir la pregunta de si productos narcoculturales son artísticos y bellos o, por el contrario, vulgares y desagradables. En realidad ese es un debate superfluo como ya señalaba Eco en su crítica a los apocalípticos o elitistas, quienes consideraban que la masificación de la cultura la degradaba. Por otro lado, tampoco tenemos una concepción integrada o ingenua de esos objetos, al pensar la cultura de masas y particularmente la narcocultura, como democratizadora o liberadora. El mismo Eco señalaba que la pregunta verdaderamente relevante era: ¿Cuál es la ética detrás de esa estética? Eso es precisamente lo que trataremos de responder para el caso específico de la narcocultura.

[16] Wacquant y Bourdieu, Una invitación a la sociología reflexiva, (Editor Digital: Primo ePub base r1.2. 2018).

 

[17] Becerra, América, "El estudio de la narcocultura mexicana: trayectoria y enfoques". Aisthesis 73 (2023): 24-48. https://doi.org/10.7764/Aisth.73.2

[18] Becerra, América. 2018. "Investigación documental sobre la narcocultura como objeto de estudio en México". Culturales 6 (2018): 1-39 https://doi.org/10.22234/recu.20180601.e349

[19] Stewart, Lauren, “Análisis de Rizomas. Definición, Métodos y Aplicaciones (ATLAS.ti, 2025) https://atlasti.com/es/research-hub/analisis-de-rizomas.

[20] Ginzburg, Carlo, Mitos, emblemas, indicios: Morfología e historia (Barcelona: Gedisa, 1994).

[21] Córdova, Nery. "La narcocultura: poder, realidad, iconografía y 'mito'". Cultura y representaciones sociales 12(2012), https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S200781102012000100007, aquí el autor coincide con nosotros en la nominación de subcultura, pero por razones muy diferentes. Afirma que la narcocultura se trata de una desviación sociocultural, lo que implica un tono desafortunado de higiene social. Además, el lenguaje en que se refiere a quienes integran las filas del narco raya en lo despectivo, los califica de instintivos e irracionales.

[22]Mondaca, Anajilda. "Narcocorridos, ciudad y vida cotidiana: espacios de expresión de la narcocultura en Culiacán, Sinaloa, México". (Tesis doctoral, ITESO, 2012), 63 https://rei.iteso.mx/items/48c7d108-47a4-46a1-80dc-9c810779903e). Esta autora sugiere que la narcocultura es más una cultura que una subcultura al afirmar que “no aplica a agrupaciones específicas al no ser exclusiva de grupos definidos como suelen ser una subcultura, sino más bien a la narcocultura se adhieren todo tipo de personas”. Vemos entonces que, al igual que el autor anterior, carece de coordenadas políticas e históricas respecto a explicitar al Sujeto Universal como etnocentrismo que da cuenta de una relación de poder, pero cuya explicitación es necesaria para un análisis más preciso. Para la autora el único criterio para calificar a una cultura como tal es el de la masificación.

[23] Weber, Max, La Objetividad del Conocimiento En la Ciencia Social y En la Política Social (Madrid: Alianza editorial, 2009).

[24] Ortiz, Angélica, "Por la violencia, 'México es un país que llora': Teresa Margolles", La Jornada, 11 de junio de 2009, https://www.jornada.com.mx/2009/06/11/cultura/a03n1cul.

[25] Reguillo, Rossana, "Violencia y narco-cultura. La noción de narco-máquina". Canal Instituto de Investigaciones Sociales. (Video en YouTube, 2016),  https://www.youtube.com/live/LwYG06rDC_Y?si=Ll1iSc9VGkyOEahf

[26] Medina, Cuauhtémoc, "Espectralidad materialista". Revista Otra Parte 24 (2023). https://www.revistaotraparte.com/op/artes/espectralidad-materialista/

[27] Delgadillo, Willivaldo, "Teresa Margolles: voces de una obra forénsica en construcción", en Camelia la texana y otras mujeres de la narcocultura, ed. Juan Carlos Pimienta y María Socorro Tabuenca (Culiacán: Editorial de la Universidad Autónoma de Sinaloa, 2017).

[28] Brooks, David, “García Luna, clave en el auge del cártel de Sinaloa: El Grande”. La jornada, 24 de enero de 2023, https://www.jornada.com.mx/notas/2023/01/24/politica/garcia-luna-clave-en-el-auge-del-cartel-de-sinaloa-el-grande/ Aunque es de conocimiento público y hoy el exfuncionario está el prisión, desafortunadamente no existen trabajos aún que hayan sistematizado las implicaciones políticas e históricas de este hecho. Esta ausencia en parte se debe a la cooptación de la clase intelectual por parte del conservadurismo. Además del crimen de tráfico de drogas y falsedad de declaraciones, se acreditó que quien fuera Secretario de Seguridad Federal de 2006 a 2012, es decir, durante la presidencia de Felipe Calderón y aún antes, como director de la Agencia Federal de Investigación (AFI) de 2001 a 2006, durante la presidencia de Vicente Fox también proveniente del PAN, utilizaba fuerzas del Estado cual brazo armado para apoyar directamente a una facción criminal específica, el Cártel de Sinaloa.

[29] Vásquez, Ainhoa, Narcocultura, (Barcelona: Paidós, 2024).

[30] Sánchez, Alberto. "La pulsión de muerte en el capitalismo líquido: por qué algunos jóvenes encuentran sentido en la violencia", Intervención y Coyuntura, (2025), https://intervencionycoyuntura.org/la-pulsion-de-muerte-en-el-capitalismo-liquido/.

[31] Astorga, Luis, Mitología del narcotraficante en México, (Ciudad de México: UNAM. 1995).

[32] Astorga, Luis, “Arqueología del narcotráfico”, NEXOS (2009), https://www.nexos.com.mx/arqueologia-del-narcotrafico-julio-1995-cronica/ 

[33] Heller, Ágnes, Sociología de la vida cotidiana, (Barcelona: Edicions 62, 1994).

 

[34] Astorga, Luis, Mitología del narcotraficante en México, (Ciudad de México: UNAM. 1995), 38.

[35] Butler, Judith, Marcos de guerra: Las vidas lloradas, (Barcelona: Paidós, 2011). Se usa la expresión en el sentido de los marcos de guerra de la autora citada.

[36] Segato, Rita, La guerra contra las mujeres, (Madrid: Traficantes de sueños, 2016); Valencia, Sayak, Capitalismo Gore, (Barcelona: Melusina, 2017); Pateman, Carole, El contrato sexual. Barcelona: Anthropos, 1995); Butler, Judith, Marcos de guerra: Las vidas lloradas, (Barcelona: Paidós, 2011); Vásquez, Ainhoa, Narcocultura, (Barcelona: Paidós 2024). La idea que presentamos para nuestra definición formalizada la construimos a través de la lectura principalmente de las autoras citadas. Por un lado, Segato ha explicado con la idea del cuerpo-territorio que la lógica de la narcocultura es patriarcal en el sentido de conquista, pues inscribe la violencia en el cuerpo para expresar la soberanía colonizadora del agresor sobre su víctima. Añade que el ejemplo más extremo de esto es el abuso sexual de las mujeres, pues con este acto violento se busca demostrar al enemigo, entiéndase otros hombres, el poder que se tiene y con lo cual no se busca aniquilar, sino obtener subordinación moral y psicológica, de ahí su concepto de femigenocidio. Incluso cuando se abusa de hombres o niños, afirma la autora, se trata precisamente de su feminización, lo que confirma la regla de la expresión de género como rol heteronormativo que puede imponerse para reafirmar el poder. Por otro lado, Segato también habla del narco como organización fraternal mafiosa, ya que, en alusión a Pateman, el poder no lo ejerce un único padre, sino que es una cofradía de hombres ciertamente jerarquizada que solo se reconocen entre sí como hermanos e iguales, en la medida en que son capaces de ejercer la violencia para ver quién es el “más hombre”. Es entonces que los llamados códigos de honor del narco, desde una perspectiva feminista, deben ser vistos como complicidades criminales. No solo es la racionalidad económica para hacer frente a la pobreza lo que impulsa a enrolarse en las filas del crimen, sino también el sentido de pertenencia e identidad con base en la violencia. En ese sentido y desde una perspectiva más económica, Valencia en Capitalismo gore señala que la masculinidad en relación al narcotráfico, se ha construido desde una contradicción que genera frustración, es decir, por un lado, la racionalidad de mercado neoliberal impone el deseo de ostentación, riqueza e hiperconsumo, y por el otro, esa misma racionalidad niega oportunidades para miles de jóvenes pobres que, ante esa imposibilidad, se sienten fracasados y buscan superar el estigma clasista que implica incorporándose a las filas del narcotráfico. A estos sujetos Valencia los ha denominado endriagos, metáfora desafortunada que alude a monstruos. Finalmente, añadimos el adjetivo de precarizado con base en Vázquez, quien caracteriza a la narcocultura como el ejercicio de una masculinidad hiperviolenta en precario, sin embargo, aquí habría que aclarar que su análisis incurre en una psicologización de la carencia, reduciendo el concepto de precario a una falta de autoconfianza individual. Y es que, al contrastarlo con las masculinidades en propiedad, según la misma autora, aquellas que se asumen importantes por el simple hecho biológico de poseer un aparato reproductor masculino y no tener la necesidad de demostrar nada a nadie, termina por esencializar el modelo hegemónico que revictimiza a los sujetos que el narco utiliza: pobres, hombres y jóvenes. Para Vázquez, el problema no es la exclusión económica, sino el déficit de una intrínseca masculinidad propietaria tal como la define. Aunque esto pueda ser cierto, no explicita las causas. Es así como lo que parecía podía ser el contraste entre el referente universal de Hombre con mayúscula, es decir, propietario, rico, blanco, heterosexual, etc.; como modelo que se nos impone a la mayoría de los hombres, pobres, indígenas, precarios, etc. en México, termina en una esencialización falocéntrica. También hemos consultado el artículo de Núñez y Espinoza pero lo encontrado era reincidente, lo cual nos ubicaba ya en un punto de saturación donde no había aportes novedosos que pudieran abonar a nuestra definición.