DE LA TEORÍA DE LA HISTORIOGRAFÍA CONCEPTUAL A LA NARRATIVIDAD HISTORIOGRÁFICA: LA CONCEPTUALIZACIÓN DE PÁNICO EN ROBACHICOS. HISTORIA DEL SECUESTRO INFANTIL DE MÉXICO (1900-1960) DE SUSANA SOSENSKI
From the Theory of Conceptual Historiography to Historiographical Narrativity: The Conceptualization of ‘Panic’ in Susana Sosenski’s Robachicos. Historia del secuestro infantil de México (1900–1960)
CRISTOPHER SOTELO RODRÍGUEZ[1]
FECHA
DE RECEPCIÓN: 21 DE OCTUBRE DE 2025
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FECHA DE ACEPTACIÓN: 27 DE DICIEMBRE DE 2026
RESUMEN
El presente ensayo es una propuesta teórico-conceptual de la obra de Susana Sosenski Robachicos. Historia del secuestro infantil de México (1900-1960). En él realizó un análisis de la conceptualización de pánico y su materialización en la figura moderna del robachicos. A través de esta representación histórica hecha por Sosenski, y la narratividad proyectada en su obra, el lector puede dilucidar el rol que jugaron los discursos dominantes en la sociedad mexicana —difundidos por los medios de comunicación y entretenimiento—, los cuales construyeron y legitimaron una violencia normativa en contra de las infancias. Este trabajo, pues, es parte de un ejercicio teórico-reflexivo que pondera en la importancia que tiene la historiografía de los conceptos en los estudios históricos.
Palabras clave: pánico, robachicos, historiografía conceptual, representación histórica, teoría de la historia.
ABSTRACT
This essay offers a theoretical-conceptual approach to Susana Sosenski’s Robachicos. Historia del secuestro infantil de México (1900–1960). It analyzes the conceptualization of panic and its embodiment in the modern figure of the robachicos. Through this historical representation constructed by Sosenski, and the narrative projected in her work, the reader can discern the role played by dominant discourses in Mexican society—disseminated by the media and entertainment industries—which constructed and legitimized a normative violence against childhood. This essay, therefore, is part of a theoretical-reflective exercise that highlights the importance of the historiography of concepts within historical studies.
Keywords: panic, robachicos, conceptual historiography, historical representation, theory of history.
Introducción
Para Frank Ankersmit, la mejor manera de determinar las suposiciones de un discurso —sea historiográfico o no— es por medio del estudio de su terminología, pues el mismo “inventario semántico” del discurso determina, por necesidad, el límite entre lo que puede y lo que no decirse, analizarse o investigarse. En este sentido, el vocabulario y la terminología tienden a expresar lo esencial dentro de un análisis discursivo.[2]
De etimología griega, el concepto pánico (Panikós) alude al dios Pan. Concebido entre los habitantes rurales de Arcadia, Pan fue una divinidad pastoril cuya imagen arcaica, representada en la forma de un hombre con cuernos y extremidades inferiores de carnero, evoca a la figura clásica e iconográfica del diablo en la cultura católica-cristiana. No obstante, el Pan de los antiguos griegos no estuvo asociado a una connotación maligna, sino a cuestiones relacionadas a la fertilidad, la naturaleza y la animalidad.[3] De acuerdo con el historiador argentino Alejandro Rabinovich, es importante retener los elementos mitológicos del pánico:
No es nada extraño que fueran pastores los primeros en descubrir, en sus ovejas, estas estampidas inexplicables capaces de dispersar a los animales por toda la región. Tampoco extraña que su origen provenga de una región montañosa y despoblada, donde los ecos, los ruidos producidos por las caídas de piedras y la visibilidad entrecortada favorecen los accesos de miedo irracional.[4]
Dicho registro, continúa el autor, se trasladó con el devenir de los años del ámbito animal al humano, sobre todo en contextos bélico-militares relacionados, principalmente, a reacciones sin motivo aparente por parte de los combatientes, lo que ocasionaba grandes pérdidas humanas de los ejércitos en disputa. A partir de ahora, conviene diferenciar entre este pánico primitivo —de carácter colectivo— de un pánico actual —de carácter individual y psiquiátrico. Este último, surge como parte de un trastorno psicológico, el cual es sufrido por un porcentaje —que incrementa constantemente— de una determinada población urbana. Un ataque de pánico, por consiguiente, tiende a desencadenar reacciones fisiológicas que derivan en un miedo intenso, por lo que el cuerpo se prepara para “hacer frente a un peligro inminente, sólo que en este caso no suele existir una amenaza real”.[5]
En la narrativa de Robachicos, Susana Sosenski logra articular de manera original una historiografía de la infancia con una historiografía del miedo —vinculada esencialmente a una conceptualización colectiva de pánico— durante el periodo de 1940-1960 a partir de los secuestros infantiles de Fernando Bohigas y Norma Granat. En ambos casos, sostiene la autora, los medios de comunicación masiva y de entretenimiento jugaron un papel importante como “maquinarias de producción” que difundieron y propagaron el pánico a través de una figura urbana que fue concebida bajo el sobrenombre de robachicos.[6]
Por ende, considero que pánico se constituye como el concepto que media y articula la obra de Sosenski. La idea de éste, contrario a lo que podría pensarse por tratarse de un fenómeno estudiado durante el siglo XX, resulta ser más una concepción de carácter primitiva —colectiva— que una contemporánea —individual, psiquiátrica. Lo anterior puedo argumentarlo con base a lo expuesto por la historiadora, quien afirma que para el caso mexicano la construcción de “pánicos morales” impulsados por una “consciencia colectiva” no sólo ocasionaron un clima de miedo, sino también dieron forma a un proceso social que terminó por excluir a niños y niñas de los espacios públicos, lo que legitimó la violencia sobre las infancias por medio del control y el sometimiento.[7] Es precisamente este contrasentido narrativo de la conceptualización de pánico lo que le otorga a Robachicos una escritura historiográfica sugestiva la cual será analizada más adelante.
El presente trabajo se dividirá en tres apartados. En el primero, argumentaré la importancia que tiene la historiografía de los conceptos a partir de sus planteamientos teóricos-metodológicos y cómo éstos pueden articularse con la propuesta narrativa e historiográfica de Sosenski. Para ello, se discutirán y problematizarán los fundamentos teóricos de Reinhart Koselleck y Javier Fernández Sebastián, pues considero que ambos autores pueden dar sustento a la importancia que tiene los conceptos dentro de los estudios históricos. La relevancia que tiene los conceptos en la teoría historiográfica tampoco pasa desapercibida para Ankersmit, toda vez que él los concibe como las “contrapartes lingüísticas de las formas en la realidad” y en su interacción con la forma —entendida como aspectos de una realidad representada— es en donde el lenguaje y la realidad cobran sentido por medio de la representación.[8]
Enseguida, analizaré la narrativa historiográfica que emplea Sosenski en su obra. Para dicho examen, recurriré a los textos de Hayden White y Frank Ankersmit, autores que ponen atención en el peso que tiene la narración histórica y su capacidad de representación a través de una operación esencialmente discursiva —White— y de una dimensión estética y referencial —Ankersmit. Por último, y con la finalidad de conocer la concepción del acontecer histórico, la teoría del conocimiento histórico, las operaciones teóricas y la metodología en la obra de Sosenksi, en el tercer apartado, y a manera de reflexiones finales, dilucidaré cómo el pánico logró relacionarse con miedos, estereotipos, espacios públicos y medios de comunicación a través de la concepción del robachicos; un individuo que terminó por encarnar uno de los miedos más profundos que puede experimentar el ser humano: la desaparición de sus hijos.[9]
Hacia una teoría de la historiografía de los conceptos y la importancia del lenguaje
La revolución teórica elaborada por Hayden White, sostiene Ankersmit, conllevó a una comprensión del pasado determinada no sólo por lo que éste fue, sino también por el lenguaje utilizado por el historiador para referirse a él dentro del quehacer historiográfico. Esto supone que el conocimiento histórico no sólo es “construido” a través del lenguaje empleado por los historiadores, sino que también es “descubierto” en los archivos o repositorios documentales. Por tanto, lo que sucede y opera en el nivel del lenguaje y las definiciones ahí propuestas —de manera explícita e implícita— determinan los significados que contribuyen en el discurso y narrativa histórica. Bajo esta premisa teórica, el éxito de las ciencias es consecuencia, en gran medida, tanto por las capacidades de manejar referencias lingüísticas y definir el significado de palabras y conceptos a partir de la experiencia.[10] En virtud de ello, considero que es relevante retomar a los planteamientos de la historiografía conceptual para el presente análisis teórico-historiográfico.
Así pues, la premisa metodológica de la denominada historia de conceptos de Koselleck, de acuerdo con Fernández Sebastián, subyace en una dialéctica entre nociones y experiencias: es, por un lado, una aproximación vinculada a las experiencias que van dejando huella en el lenguaje; y, al mismo tiempo, una posibilidad en donde vivir tales experiencias supone que los individuos tuvieron que haber dispuesto necesariamente de ciertas nociones y categorías. En este sentido, la realidad social tiende a estar constituida lingüísticamente: únicamente aquello que ha sido previamente conceptualizado se vuelve visible e inteligible para los actores que conforman a una determinada sociedad. De esta manera, el lenguaje, concuerda Ankersmit, “puede ser un creador de verdad en igual medida que la realidad”.[11]
A lo largo de la obra de Sosenski la idea de pánico se va construyendo socialmente a través del lenguaje y los sistemas de comunicación. Dicha conceptualización se nutrió principalmente por medio de la representación del robachicos. Proyectados como “actores criminales”, personificaron, sobre todo a partir de la década de 1940, una construcción del miedo para y sobre los niños: “El robachicos producía un miedo que terminó integrándose a las experiencias, a las prácticas de maternidad y paternidad, y a los discursos para reducir las andanzas de los niños en la ciudad”.[12] Estos actores terminaron por encarnar una “‘experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida’”.[13]
La urbe capitalina, por su parte, se convirtió en el escenario perfecto para la puesta en escena de este espacio de experiencia y horizonte de expectativa. Los cambios a gran escala en fenómenos como la urbanización, la migración, la sociabilización en los barrios y los nuevos medios de transporte irrumpieron peligrosamente en los ritmos de vida del individuo moderno. Conforme el pánico cobraba fuerza en el ideario colectivo, se fue haciendo cada vez más latente la idea de que lo mejor para las infancias citadinas era “divertirse dentro de casa, evitar salir y exponerse al mundo de la excitación y a los peligros que ofrecía el espacio público”.[14]
Como analizaré más adelante, la difusión del pánico tuvo en la noción de robachicos a su principal agente de propagación, sobre todo a partir de la formación de estereotipos y perfiles sociales que fueron construidos por los medios de comunicación masiva. Éstos, crearon tal psicosis en los habitantes de la capital que cualquier demora escolar de los hijos provocaba en los padres un desasosiego y una crisis de pánico similar a las que ocasionaba el dios Pan en los mitos griegos. Fue así como el pánico se fue conceptualizando a través de la amarga experiencia de los padres de familia. Una experiencia que en todo momento quedó vinculada al miedo que ocasionaba la ya ahora visible e inteligible figura moderna del robachicos.
Otro punto importante dentro la teoría koselleckiana es la distinción que existe entre una palabra y un concepto. Si bien ambos se constituyen como realidades históricas, una palabra contiene posibilidades de significados, los cuales se aplican “pragmáticamente en cada caso, de manera particularizada y tendencialmente unívoca, a [un] objeto referido”, mientras que un concepto unifica “en sí el conjunto de significados”, convirtiéndose, por tanto, en una idea polisémica.[15] Bajo esta premisa un concepto es, al menos en términos lingüísticos, más que una palabra. Ésta, se convierte en un concepto únicamente cuando el “‘conjunto de un contexto sociopolítico en el cual y para el cual se utiliza dicha palabra entra íntegramente a formar parte de ella’. Los conceptos vendrían a ser algo así como ‘concentrados de experiencia histórica’ y, al mismo tiempo, dispositivos de anticipación de las experiencias posibles’”.[16]
Con estas consideraciones teóricas, la idea de pánico expuesta en la obra de Sosenski pasa de transformarse de una palabra a un concepto. Es la misma autora quien cuestiona si el tráfico de niños, vendidos como peones para trabajos forzados en Yucatán durante las primeras décadas del siglo XX, fue el motor para los pánicos que posteriormente devendrían “en torno a los peligros a los que se veía expuesta la infancia en las ciudades”.[17] Lo expuesto previamente, confirma la hipótesis que este pánico primigenio, vinculado al riesgo latente del secuestro de infantes para usarlos como mano de obra barata, detonó en una serie de miedos que fueron creciendo conforme las crónicas periodísticas cuestionaban y objetaban los dictámenes dados por el gobierno estatal, quiénes por medio de la prensa oficial y porfirista argumentaban que los niños se encontraban felices, sanos y decentemente vestidos.[18]
Bien dice Jesús Martín-Barbero que los “medios viven de los miedos”.[19] Esto, les permite constituirse como potentes vehículos didácticos tanto de la enseñanza del miedo como de la definición de riesgos. A partir de la década de 1920, la prensa, medios de comunicación y de entretenimiento, comenzaron a jugar un papel crucial e importante en el esparcimiento del pánico en la sociedad mexicana: al mismo tiempo que formaban un perfil social del robachicos y lo relacionaban con plagas, calamidades naturales e incluso una enfermedad difícil de controlar, lograron, simultáneamente, darle múltiples matices al pánico. Así, tal como en la antigua Grecia, esta plaga —lo animal— pasó al ámbito humano y el pánico, en la obra de Sosenski, quedó vinculado al comercio y abuso sexual, venganzas amorosas, deseos maternales, extorsiones y raptos.[20]
Con base a ello, comparto la tesis de Fernández Sebastián: determinados conceptos poseen una faceta eminentemente identitaria. Éstos, afirma, refieren “en especial a la pertenencia territorial o social, y a la adscripción política o ideológica de los sujetos”.[21] La faceta identitaria que tomó el pánico a través de sus múltiples sensaciones y percepciones colectivas quedó representada, como lo mencioné anteriormente, en el robachicos, un sujeto cuya pertinencia social, política e ideológica se asoció en todo momento a los sectores populares, a las mujeres, a individuos de raza negra y extranjeros. De esta manera, la conceptualización del pánico a través del robachicos funcionó por medio de una relación entre la noción, lo empírico e identitario.
Sosenski, pues, nos presenta una idea de pánico vinculada a la experiencia que ocasionaron los distintos miedos que quedaron representados en la figura del robachicos. La naturaleza y los distintos matices que mimetizó este concepto durante las décadas de 1920-1960 difiere, en cierto modo, con aquella definición que lo concibe como un fenómeno contemporáneo y de carácter individual. Gracias a la prolija narrativa de la autora, la conceptualización que realiza del pánico enseña más de lo que el lector pudiera esperar acerca de la sociedad mexicana durante dicho periodo. De este modo, el pánico de Sosenski se construyó como una realidad conceptual, empírica e histórica.
La narratividad de Robachicos
La sustancia narrativa —entidad lógica de una narración histórica— se define, de acuerdo con Ankersmit, como un grupo de declaraciones que en su conjunto encarnan la representación del pasado propuesta en la misma narración histórica. Estas afirmaciones, al mismo tiempo, no sólo describen el pasado, sino que también individualizan o definen la naturaleza de la sustancia narrativa en cuestión.[22]
En Robachicos, la sustancia narrativa de Sosenski logra dar forma al pasado por medio de un puntual análisis que realizó en torno a los discursos moralizantes y criminalizantes que sufrieron las mujeres y los sectores populares en la construcción tipológica del robachicos. Las primeras no sólo cargaron con un “opresivo ideal de feminidad”, sino que también se les responsabilizó por la seguridad de sus hijos —y de los niños en general. En tanto, los sectores populares fueron víctimas de discursos cuyo corte racial asignó al miedo una tonalidad de matiz “negra” vinculada a la población afrodescendiente.[23] La representación de este pasado, por ende, quedó relacionada principalmente a “los usos de la infancia” que derivaron en la conceptualización del pánico y la representación de todos esos miedos que encarnaron en el robachicos.
Por consiguiente, en los estudios históricos el estatus epistemológico de la narrativa es considerado como una forma discursiva que puede o no utilizarse para la representación y explicación de los acontecimientos o procesos. Más aún: un buen texto historiográfico logra darle al lector la personalidad del periodo.[24] Dicho propósito es bien llevado por Sosenski, quien a lo largo de su obra logra imprimir de cierta personalidad su temporalidad de estudio: por medio de los discursos y el lenguaje utilizado por los medios de comunicación y entretenimiento, las décadas de 1920-1960 quedaron personificadas a través de “valores” y “costumbres” moralizantes, racistas y xenófobas que regían a la sociedad mexicana —particularmente la citadina. Ésta no sólo legitimó este tipo de imaginarios e ideas, sino que también las reprodujo en su cotidianidad, particularmente durante los puntos álgidos de los secuestros infantiles en México.
En este sentido, la personalidad de este periodo puede identificarse a través de los discursos dominantes, arraigados e imperantes en la esfera sociocultural de México, los cuales, como mencioné anteriormente, eran de tintes patriarcales y clasistas. Esta sugerente forma de escribir por parte de Sosenski coincide con las propuestas metodológicas de Ankersmit y White: la narración histórica y los instrumentos lingüísticos a disposición del historiador permiten “crear una ilusión de la realidad (pasada)”, toda vez que la función de la narrativa no es representar, sino construir un espectáculo. Es el propio historiador, sostiene Anakersmith, quien lleva a cabo el ejercicio de la representación del pasado.[25]
Ahora bien, a la par de la personalidad del periodo la estructura narrativa también es importante en una obra historiográfica. Como se ha visto en este ensayo, la obra de Sosenski posee elocuentes elementos narrativos. Parte esencial de su escritura es la función comunicativa que logra en su investigación, especialmente en el último capítulo de la obra, titulado “Robachicos en los medios de entretenimiento”. Según esta concepción de comunicación, “una historia se entiende como un ‘mensaje’ sobre un ‘referente’ (el pasado, los acontecimientos históricos, etc.) cuyo contenido es tanto ‘información’ (los ‘hechos’) como una ‘explicación’ (el relato ‘narrativo’)”.[26] Bajo esta premisa, los hechos históricos, en su particularidad, y el relato narrativo, en su generalidad, satisfacen “un criterio de valor de verdad de correspondencia, así como de coherencia”.[27]
Esta caracterización narrativa, reitero, es más visible en el último apartado de la obra. A lo largo de este capítulo la representación histórica del robachicos se construyó, a partir de los medios de comunicación y entretenimiento, como un mensaje compuesto por una “uniformidad discursiva y simbólica”, cuyo contenido, tanto explicativo como informativo, naturalizó la violencia hacia las infancias, materializó ansiedades, y personificó “demonios populares”: “Los medios, en interacción con prejuicios, intencionalidades políticas y contextos específicos, serían reproductores de […] ansiedades y los mensajes se filtrarían, codificarían y combinarían en función de las experiencias subjetivas y personales, y de los intereses compartidos por las audiencias”.[28] Por tanto, la función comunicativa en el discurso histórico narrativo, logra una correspondencia de la historia con los acontecimientos que relata estableciendo, de este modo, un contenido conceptual del mensaje.[29]
Otro elemento de la sustancia narrativa en Sosenski es el uso anécdotas que emplea a lo largo de su obra sobre todo en los capítulos “Un niño de clase media: el caso Bohigas” y “La ‘niña millonaria’: el caso Granat”. Si bien las anécdotas tienden a parecer elementos narrativos propios de la crónica, la disposición literaria que emplea Sosenski corresponde a una secuencia de acontecimientos que, a la par de su ingeniosa narrativa, dotan de significado la interpretación histórica que ella realiza sobre los secuestros de ambos niños. Análisis que desde luego quedó vinculado a la experiencia y conceptualización de los distintos pánicos que fueron apareciendo paulatinamente durante 1940-1960.
Este planteamiento también concuerda con lo planteado por White, quien sostiene que la narrativa, dentro del discurso histórico, tiene la función de transformar y configurar una serie de acontecimientos históricos en una historiografía al dotarlos de significado; acontecimientos que de otro modo serían simplemente una crónica: “La narrativa expresa un significado “distinto” del expresado en la crónica que es una representación ordinaria del tiempo […] como aquel en el que tienen lugar los acontecimientos”.[30]
Mas, una crónica, argumenta Lévi-Strauss, no está desprovista de significado. Ésta, entendida como una “lista de acontecimientos”, puede concebirse como una “crónica minúscula o bien una ligera enciclopedia”. A pesar de que en ambos casos se suele transmitir la misma información, el significado que se produce al final del discurso es distinto.[31] Para White, una crónica “no es una narrativa […] porque un discurso narrativo tiene una realización diferente a la de una crónica. Sin duda la cronología es un código que comparten tanto la crónica como a la narrativa, pero la narrativa utiliza también otros códigos y produce un significado bastante diferente del de cualquier crónica”.[32]
Estos códigos, continúa White, no implican que la narrativa sea más literaria o que explique de forma más completa que la crónica. Lo esencial “es que la narrativización produce un significado bastante diferente del que produce la cronicalización”. Por tanto, captar “el significado de una secuencia compleja de acontecimientos humanos no es lo mismo que ser capaz de explicar por qué o incluso cómo ocurrieron los acontecimientos particulares que incluye una secuencia”.[33] Este argumento teórico es visible en Robachicos, toda vez que Sosenski logra una sólida interpretación histórica de los secuestros infantiles a partir de sus fuentes primarias, particularmente crónicas policiacas y periodísticas; discurso que, sin un tratamiento epistemológico, tan sólo sería un cúmulo de datos e información eclipsada.
Con base a lo anterior, puedo argumentar que la narrativa de Sosenski, más allá de su valor estético, se presenta como una alternativa historiográfica al dotar de significado histórico a una temporalidad por medio de la conceptualización —y los usos del lenguaje— del pánico y su representación en la figura del robachicos. Así, la revelación de un significado, a la par de la coherencia y significación de los acontecimientos son, de acuerdo con White, lo que atestigua tanto la legitimidad como el éxito de una narrativa en la práctica de la historiografía, mientras que el alcance de ésta “en la narrativización de conjuntos de acontecimientos [es] lo que atestigua el ‘realismo’ de la propia narrativa”.[34]
Reflexiones finales: la concepción del acontecer histórico
Una vez analizados algunos de los elementos teóricos expuestos en la obra de Sosenski, puedo dilucidar nociones que aluden a la percepción que tiene la autora sobre el conocimiento y el acontecer histórico. Así, puedo argumentar que ambos discernimientos parten de lo experiencial y conceptual, cuyas bases logran, en gran medida, explicar aspectos sociales y culturales del México urbano durante la primera mitad del siglo XX. Fue a través de la configuración semántica del pánico, esencialmente en su transformación de palabra a concepto, cuando los lenguajes nos acercaron al conocimiento histórico y evidenciaron la realidad social por medio de los discursos dominantes —clasistas y patriarcales— que regían a la sociedad mexicana.
En este espacio de experiencia, la historiografía del miedo y de las infancias de Sosenski se materializó en una conceptualización de un pánico que se vinculó en todo momento a los miedos de los padres de familia; a la formación de un perfil social clasista, xenófobo y patriarcal; al dominio y el control de las infancias en los espacios públicos; y a la reproducción y legitimación de los discursos hegemónicos que los medios de comunicación y entrenamiento difundieron sobre todo a raíz de los secuestros de los niños Bohigias y Granat
La narratividad historiográfica de Sosenski, pues, impregnó de significado y personalidad a su periodo histórico en la representación del robachicos. Más allá de las críticas hechas por la escuela de los Annales a la historiografía narrativa,[35] en su narratividad es en donde se encuentra, a mi entender, la concepción del acontecer histórico en Robachicos; un acontecer relacionado a lo empírico y discursivo, es decir, los lenguajes y los conceptos. De esta manera, Sosenski logra los tres momentos epistemológicos propuestos por Ankersmit: describir-explicar el contexto histórico de México; significar-interpretar los lenguajes y discursos hegemónicos de la sociedad mexicana en el concepto pánico; y representar una historiografía del miedo y las infancias en la figura del robachicos.
Por ello, afirma Fernández Sebastián, lejos de percibirse como dos entidades contrapuestas, lenguaje y realidad son “dos caras inescindibles de la misma moneda: el lenguaje es parte —y parte sustancial— de ‘la realidad’, y ‘la realidad’ sólo puede ser construida, aprehendida y articulada a través del lenguaje”.[36] Ahí reside, precisamente, la importancia de la historiografía de los conceptos en los estudios históricos.
Fuentes consultadas
Ankersmit, F.R. “Representación histórica”, en Historia y tropología. Ascenso y caída de la metáfora. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica. (2004), 118-146.
Ankersmit, F.R. “El giro lingüístico: teoría literaria y teoría histórica”, en Giro lingüístico, teoría literaria y teoría histórica. Buenos Aires: Prometeo Libros. (2011), 49-106.
Fernández Sebastián, Javier. “Hacia una historia atlántica de los conceptos”, en Diccionario político y social del mundo iberoamericano. La era de las revoluciones, 1750-1850, Javier Fernández Sebastián (Dir.). Madrid: Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. (2009)
Rabinovich, Alejandro. Anatomía del pánico: la batalla de Huaqui, o la derrota de la revolución (1811). Buenos Aires: Penguin Random House Grupo Editorial. (2017)
Sosenski, Susana. Robachicos. Historia del secuestro infantil en México (1900-1960). Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal. (2021)
White, Hayden. “La cuestión de la narrativa en la teoría historiográfica actual”, en El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación. Barcelona: Ediciones Paidos. (1992), 41-74.
[1] Historiador por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro en Historia por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), México. Actualmente es doctorando en el programa de Doctorado en Historia Moderna y Contemporánea del Instituto Mora, México. Su línea de investigación se centra en el periodo de la guerra novohispana. Ha publicado numerosos artículos académicos y ha participado como ponente en distintos foros y encuentros especializados. Correo electrónico: crstphrs.rod@gmail.com
[2] F. R. Ankersmit, “Representación histórica” (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2004), 118.
[3] Alejandro Rabinovich, Anatomía del pánico (Buenos Aires: Penguin Random House Grupo Editorial, 2017), 19-20.
[4] Alejandro Rabinovich, Anatomía del pánico (Buenos Aires: Penguin Random House Grupo Editorial, 2017), 20.
[5] Alejandro Rabinovich, Anatomía del pánico (Buenos Aires: Penguin Random House Grupo Editorial, 2017), 19-20.
[6] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 15.
[7] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 20-21, 25.
[8] Frank Ankersmit, “El giro lingüístico” (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2011), 103.
[9] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 17.
[10] Frank Ankersmit, “El giro lingüístico” (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2011), 50, 58-59.
[11] Javier Fernández Sebastián, “Hacia una historia atlántica” (Madrid: Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2009), 26; y Frank Ankersmit, “El giro lingüístico” (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2011), 53.
[12] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 21.
[13] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 21.
[14] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 38.
[15] Javier Fernández Sebastián, “Hacia una historia atlántica” (Madrid: Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2009), 26.
[16] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 26-27.
[17] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 57.
[18] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 54.
[19] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021).
[20] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 57, 61, 175.
[21] Javier Fernández Sebastián, “Hacia una historia atlántica” (Madrid: Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2009), 29.
[22] Frank Ankersmit, “Representación histórica” (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2004), 133.
[23] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 63-73, 88.
[24] Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 42, 47; y Frank Ankersmit, “El giro lingüístico” (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2011), 67.
[25] Frank Ankersmit, “Representación histórica” (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2004), 122, 140; y Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 55.
[26] Hayden White, “La cuestión de la narrativa”, (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 58.
[27] Hayden White, “La cuestión de la narrativa”, (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 58.
[28] Susana Sosenski, Robachicos (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Grano de Sal, 2021), 177.
[29] Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 59.
[30] Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 61, 63, 70.
[31] Ctd. Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 60.
[32] Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 60.
[33] Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 60, 68.
[34] Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 71.
[35] Hayden White, “La cuestión de la narrativa” (Barcelona: Ediciones Paidos, 1992), 47-50.
[36] Javier Fernández Sebastián, “Hacia una historia atlántica” (Madrid: Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2009), 27.